Una segunda vida para la madera de rebollo

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La madera que sale de un rebollar puede tener muchos más destinos que la leña. El proyecto LIFE+REB ha seguido la madera de sus rodales demostrativos por toda la cadena industrial, pieza a pieza, para medir cuánto producto útil se obtiene de cada tronco y cuánto carbono queda retenido.

El punto de partida es la propia madera. Con una densidad media de 830 kg/m3, el rebollo es una frondosa pesada, capaz de almacenar tanto carbono como otras maderas de alto valor.

A partir de ahí, el aprovechamiento en cascada busca dar a cada pieza el mejor destino posible. La madera recta y de mayor diámetro se transforma en tarima y perfiles (con un rendimiento cercano al 50 %), vigas laminadas o duelas para barricas. La madera de menor diámetro o con defectos la que hasta ahora iba directa a leña ya no se descarta. Astillada, se convierte en tablero aglomerado, un producto que mantiene el carbono retenido durante décadas.

El salto está sobre todo en esa fracción de menor calidad, que en los rebollares jóvenes supone la mayor parte del volumen. Convertirla en tablero, en lugar de quemarla, permite que siga almacenando carbono y, además, sustituye a otros materiales más contaminantes. A ese doble beneficio retener carbono y evitar las emisiones asociadas a materiales fósiles se le conoce como efecto de sustitución.

Cada destino prolonga el tiempo que el carbono permanece fuera de la atmósfera. Frente a la quema directa, que lo libera de inmediato, transformar la madera en productos duraderos convierte al rebollar en una herramienta de mitigación del cambio climático.

Imagen
tablero rebollo
ensayo tablero rebollo